México vs. Italia parte 2

Generalmente las segundas partes no son tan buenas como las primeras, como por ejemplo: Lluvia de hamburguesas 2, El Rey León 2 o El diario de la princesa 2 –con cada ejemplo que doy, denoto mi madurez–; sin embargo, siempre hay excepciones que nos sorprenden como: Toy Story 2 o Mi pobre Angelito 2. Espero que éste sea el caso y disfruten la lectura a continuación.

La definición de la palabra fracaso puede ser tan amplia o estrecha como queramos que sea. Al final, cada uno la vemos de diferente manera dependiendo de nuestras experiencias previas. Por ejemplo, en mi caso considero un fracaso cuando no alcanzo una meta que me propuse por X o Y razón, aún dejando a un lado todo lo bueno que haya pasado en el inter (y no de Milán).

O considero un fracaso cuando cocino de más y termino tirando la comida –porque la comida nunca se desperdicia–.

O cuando decido ahorrar un poco de dinero y compro un producto más barato y luego me arrepiento y acabo comprando el que debí de haber comprado desde el principio gastando así, el doble y ni siquiera logrando el cometido inicial: ahorrar. Por cierto, regla #1 de vivir sola, no escatimar en productos de belleza/salud/higiene. Porque como bien decía mi roomie: “lo barato sale caro”.

De vuelta a la historia, a partir de Septiembre todo fue como un reset. Desde cosas nuevas como mi roomie y el departamento, hasta renovar lo ya existente como el contrato de intern en la agencia por otros 6 meses y el abono para el transporte público (que por cierto, nunca hice).

Ahora que lo pienso, fue como cuando “juegas al Ni entiendo Nintendo” –como diría mi mamá– y ya que llevas más de la mitad del nivel 9, de repente te matan y tienes que empezar otra vez todo ese maldito nivel 9 una y otra vez.

De Noviembre en adelante, el trabajo se puso más pesado, empezó el invierno y por lo tanto, los días se volvieron más cortos, fríos y sobre todo, sin sol. Siempre grises, justo como mi corazón –aquí entraría el violín más pequeño del mundo–.

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Así que como bola de nieve, los pequeños problemas, frustraciones y estrés del trabajo se fueron acumulando con sucesos como el del famosísimo caso del boiler. Y finalmente lograron lo que si yo tuviera un libro dividido en capítulos, a éste sin duda le llamaría el breakdown.

Pero antes de continuar, hagamos una pausa pranzo y hablemos sobre el famosísimo caso del boiler.

Un bello día de invierno como cualquier otro, estaba alistándome para dirigirme al trabajo cuando tuve la maravillosa idea de apagar el boiler en lo que no estábamos en casa con el afán de ahorrar gas y no pagar tanto. Ya les dije que lo barato sale caro, ¿verdad?

Así que, pasó el día y como siempre, yo seguía en el trabajo cuando mi roomie me marca al celular y me dice que no sirve el boiler. Entre mí pensé que ella sólo no sabía cómo prenderlo, fin.

Así que llegué al departamento sintiéndome muy pipiris nais y al momento de intentarlo prender, descubro que sí tenía razón y efectivamente, no servía. Ya mencioné que era invierno, ¿verdad?

Después de intentar arreglarlo por mi lado leyendo el instructivo una y otra vez –que obviamente sólo estaba en italiano o ruso–, hablarle a un amigo para ver si él sabía qué podía hacer –y que incluso acabó yendo un día para intentar arreglarlo– finalmente decidí marcarle al casero y contarle lo sucedido. Resultó que aunque el boiler era nuevo, no tenía la garantía porque el señorito casero decidió no instalarlo como era debido, entonces la garantía no aplicaba y gracias a esto, durante poco más de una semana en lo que intentábamos localizar a un técnico boilero disponible, estuvimos sin agua caliente, es decir, calentando el agua en la estufa para poder bañarnos a jicarazos y durmiendo con 20 capas de ropa mientras veíamos el vaho salir de nuestras bocas (es la primera vez que escribo la palabra vaho y no tenía ni idea de cómo era).

Cabe mencionar que por más raro que suene, cuando te enojas en español dices lo que quieres, sin pensarlo y al final, el resultado tiene sentido y te sientes satisfecha porque expresaste todo lo que sentías. Pero hacer esto en un idioma que no es el tuyo y no manejas al 100, no es lo mismo. Así que después de pelear incontables veces con el casero por su ineptitud poca ayuda, finalmente caí y el capítulo del breakdown había oficialmente iniciado.

No suficiente con sufrir para bañarme y dormir, a lo largo de la semana también tenía que encargarme de ir al departamento a la pausa pranzo del trabajo a abrirle la puerta al técnico boilero sólo para que me dejara plantada unas 5 veces sin importar el horario que le dijera porque aparentemente, la manera de cómo se hacen las cosas aquí, son así.

Como si no tuvieran crisis económica y no necesitaran trabajar. O sea, a nadie nos gusta trabajar, pero chamba es chamba y el hambre es hambre. Más cuando tienes que comer más de 5 veces al día como yo porque siempre tengo hambre.

Afortunadamente, el tiempo pasó, tuvimos boiler nuevo –porque al final, la única solución resultó ser comprar uno nuevo– y la situación en el trabajo cambió. A la cantidad excesiva de trabajo constante –como buena publicista– se le sumó el hecho de que la agencia perdió un cliente choncho y corrieron gente. Ahí empezaron mis sospechas.

En el dato curioso del día, Milán está lleno de popó en las calles, es prácticamente un campo minado. Claro que siempre dependiendo de la zona en donde estés caminando pero cabe aclarar, que algunas son misteriosamente más grandes que las de cualquier perro que jamás haya visto.

Bueno, este dato no es de a grapa –como todo lo que les cuento– ya que después de pasar más de un año sin pisar ni una sola y considerarme como una de las pocas personas afortunadas en Milán al no hacerlo, finalmente caí. Las sospechas aumentaban.

De hecho, ésta es justo una de las señales divinas que les mencionaba en la entrada pasada.

Tal como cuando llegué y todo se me descompuso o rompió y lo tomé como una señal para empezar todo desde cero, aquí empezó a pasar. Perdí la información de mi disco duro dos veces, y con él fotos de viajes y todo lo que había hecho en el máster.

Ahora pregúntenme cuánto me importa tirar una playera rota o aunque no esté rota, sólo por hacer espacio. Sólo perdiendo se aprende que lo que se sigue teniendo es por decisión propia y por orden de valor. Aprender a diferenciar entre valor económico, sentimental y funcionalidad. Es como cuando echas un volado para decidir entre dos cosas y sale lo que en realidad no querías y al final acabas escogiendo lo contrario pudiéndolo haber hecho sin necesidad del volado.

Descubrir lo fácil que es dejar ir las cosas materiales lo considero como uno de mis mayores logros personales. Modestia aparte.

De esta manera Diciembre llegó, con él llegaron las vacaciones y una pausa mental para pensar en el porvenir aunque realmente no estaba en mis manos.

Un amigo vino de vacaciones y juntos viajamos a Lisboa y Madrid, donde nos quedamos en mis primeros y últimos hostales. Como dice otro amigo: I’m too old for that shit.

Pero ése es pan de otro cesto. Vino de otra botella. Britney de otra época. En la otra entrada les sigo contando, pues.

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Fracaso y felicidad empiezan con la misma letra

Las épocas decembrinas son bastante peculiares para su servilleta. Mientras que la mayoría de las casas están llenas de comida, fiestas y alcohol, en la mía puede que sea todo lo contrario.

Varios años estuve campechaneándome de fiesta en fiesta haciéndome invitar a casas de amigos para ver qué era lo que me estaba perdiendo. Uno de estos intentos –exitosos– fue en la Navidad del 2014 cuando apenas llevaba 4 meses de este lado del charco. Un amigo vino de visita y juntos viajamos a Praga y Monaco, o sea Munich, y estuvo bomba. Pero para que me entiendan más padre, léanse las entradas anteriores, los espero.

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En la versión de fiestas navideñas de mi familia tenemos regalos pero no pavo. Tenemos piñata pero no cuetes. Tenemos familia pero somos como nueve. Y nada de desvelarse, porque digo, al final ¿qué pachanga se puede hacer con nueve personas más un perrito? Pero como bien dicen, uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. O en este caso, hasta que está a unos cuantos kilómetros de distancia.

Esta última Navidad pasó de nuevo. Después del break down que tuve,  llegó el mismo amigo (porque rico) y volvimos a viajar juntos. Esta vez Lisboa, Sintra, Madrid y Toledo fueron los destinos. En estos viajes descubrimos que los semáforos en Lisboa son sólo para Lisboeños que gracias a sus piernas largas pueden cruzarlos sin tener que correr por su vida. También aprendimos que les gustan los azulejos, los castillos, las subidas y el arte urbano.

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Mientras que en Madrid aprendimos que Cristiano Ronaldo no siempre está en el estadio –bien raro–, que para poder entrar a un mall (Primark) se puede hacer fila de más de 20 minutos y necesitas boleto y también que puedes encontrar tapas y cañas buenas, bonitas y baratas.

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Como siempre, la experiencia de viajar es lo que cuenta. Si pudiera viajar siempre, lo haría. Pero esta vez, el homesickness me pegó y duro. Se lo adjudico al break down que acababa de tener, pero el punto es que era Navidad y estábamos sólo como 4 personas en el hostal viendo Mi pobre angelito mientras que mi familia me mandaba fotos de ellos juntos con cena y regalos. Sólo puedo decir que nunca me había sentido tan identificada con una película como ahora.

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En fin, año nuevo llegó y cenamos como si no hubiera mañana, aunque sí hubo, duh. Cocinamos risotto y lasagna –si alguien quiere que le cocine lo poco que sé, sólo tiene que invitarme unas chelas–. Éramos tres.

Es algo como cuando es tu cumpleaños y estás lejos de casa a 7 horas de distancia. Lo menciono porque justo ayer fue el cumpleaños de un amigo y me quedé pensando en que son justo éste tipo de situaciones las cuales forman la experiencia de vivir fuera de casa en su totalidad. Recibes llamadas, mensajes y notificaciones de Facebook a lo largo del día previo y posterior al verdadero día de tu cumpleaños. Te rodeas de la gente que quieres o que están en el mismo momento en el que te encuentras, que por cierto, no sabes durante cuánto tiempo será eso. Pero es diferente. Cada cumpleaños lo es. Y lo dice una persona que desde 1989 todos sus cumpleaños han sido incómodos porque como es en Septiembre –dato que obviamente ya lo sabían de antemano– es justo la época donde acabas de entrar a la escuela y no conoces a nadie y por lo tanto, a nadie le interesa realmente.

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El primer cumpleaños fuera, lo pasé con mi roomie –que acababa de conocer–, en el AirBnB que conseguimos por una semana en compañía de una botella de vino, una lata de aceitunas negras y un paquete de prosciutto crudo, todo patrocinado por el súper más cercano. La culminación del cumpleaños fue en el momento en el que abrí el cierre lateral de la maleta y descubrí una carta –no tan emocional– escrita por mi señora madre deseándome un feliz cuarto de siglo.

En el segundo cumpleaños, mi hermana y mi roomie se acababan de ir  y sólo estuvimos un amigo, otra amiga y yo en mi departamento, que casualmente ahora que lo pienso, también era un AirBnB que habíamos conseguido por un mes. Era miércoles. Ahora él está viviendo en Polonia y ella está de vuelta en México. Cumpleaños situacionales.

El tiempo pasó. Marzo llegó pero el contrato laboral no. El internship terminó y sus palabras fueron: “tuviste mala suerte, es un mal momento para la agencia”. ¿Mala suerte yo? Jamás.

Me regalaron un collar entre todos, un libro sobre cosas qué hacer en Milán y una foto de algún fotógrafo random que algún día enmarcaré –mark my words– y cada que la vea recordaré todo lo que estoy escribiendo en estos momentos. O tal vez sólo lea estas entradas, no lo sé.

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Gracias a este “fracaso” me llevo un idioma que jamás pensé necesitar ni mucho menos hablar, la experiencia de ser una ama de casa, ciudades, países y gente nueva. Me llevo frustraciones, logros, lágrimas y felicidad. Me llevo fiestas, crudas –perdón mamá– y bailes. Me llevo risas en español, colombiano, chileno, venezolano, inglés y hasta en italiano. Me llevo gustos adquiridos como un espresso después de comer. Aprendí a extrañar y valorar, e incluso me encontré a mí misma una infinidad de veces.

Hace un año y 8 meses llegué con una maleta de 23 kg. Ahora regreso a casa con la misma maleta pero llena de experiencias y cosas diferentes. Y seguramente también más pesada porque ese edredón que compré en Ikea viene conmigo y no lo soltaré nunca. Ha sido la mejor compra de mi vida.

Hoy les escribo desde Polonia. Ya que en Abril, tanto mi contrato del departamento como mi permiso de estadía terminaron y decidí viajar un poco más antes de volver a casa. Así que este último mes he estado viviendo con una backpack de 7 kilos, shampoos y pastas de dientes de bolsillo. No se preocupen, aún no soy ilegal y no hay necesidad de ponerme esta canción como lo hacían en el trabajo.

¿A dónde he ido? A donde mi señora madre dijo. Londres, Turín, Boloña, Rávena, Viena, Salzburgo, Praga y Ámsterdam. Vimos molinos, quesos, suecos, un número ridículo de iglesias y aprendimos a hablar checo, holandés y alemán.

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También me obligó a cortarme el cabello porque después de 8 meses no lo había hecho y casi le da el patatús.

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Después de eso, ¿se acuerdan que les conté de un amigo que acababa de ser su cumpleaños y que vive en Polonia? Bueno, por eso estoy en Breslavia. También fuimos a Cracovia, Gdansk y Sopot.

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Sólo faltan un par de paradas más en esta aventura que he compartido con ustedes a lo largo de ella antes del triunfal regreso donde espero, cierren calles para el festejo. En casa me esperan citas de dentista, doctores y hasta un baby shower sólo para poner las cosas en perspectiva y cuánto han cambiado durante todo este tiempo.

Y a quien quiera que pueda estar leyendo esto, sólo puedo decirle que ¿miedo a qué le tienes? Miedo cuando tienes 5 años, acabas de ver ESO y estás solo en tu casa sin electricidad.

The sky is the limit. Y cuando digo el cielo no me refiero a EL CIELO, ése es muy mainstream. El cielo lo decidimos nosotros, le ponemos el color, la forma y la altura que queremos y nos gusta. Así que primero hay que definirlo para después, sólo hacerlo. Sin pretextos, excusas o desidia. El cielo de cada uno es diferente y no tiene por qué ser uno tan irreverente o complejo. O tal vez sí. Compra ese boleto de avión o di cuánto te hace falta ese alguien en tu vida. Lo demás viene como gorda en tobogán o como bola de nieve, pues. Solito, por su cuenta.

Ya compré el boleto, tengo que hacer maleta. Ya tengo maleta, tengo que ir al aeropuerto. Ya estoy esperando en la gate para abordar el avión, viajo. Así sucesivamente hasta llegar al día de hoy. Y por más simple que suene, así es esto. Al final, la vida es así. Simple. Somos nosotros quienes la hacemos complicada olvidando qué es lo que nos hace felices dejándonos llevar por corrientes sociales o por ofertas de Zara. Poniendo pretextos y procastinando para nunca concretar esa vaina, marica.

En este punto de mi vida no sé qué será de mí ni siquiera en un plazo tan corto como un mes. Me hace falta volver a pensar de qué color quiero que sea ese cielo. Lo único que sí sé es que sin importar nada, este año pasaré las fiestas decembrinas con mi familia y amigos y eso para mí hoy, es el significado de felicidad.

México vs. Italia parte 1

Así que retomando la historia, regresar a lo que ya era mi normalidad en Milán me llevó un par de sorpresas.

Primero que nada déjenme decirles que durante aproximadamente los primeros tres meses de mi estadía aquí, cada que abría los ojos al despertar en el departamento nuevo me espantaba al no encontrar el orden de las cosas como estaba acostumbrada al verlas, el cual era: buró 1, pared 1, puerta, pared 2, tv, escritorio, pared 3 y buró 2.

Aquí era: buró, PERSONA DESCONOCIDA EN OTRA CAMA, puerta, ventana y clóset. Claro que después de esos tres segundos de pánico que tardaba en darme cuenta que esa persona era mi roomie, de pronto todo cobraba sentido de nuevo y podía volver a dormir tranquilamente.

Mientras que estando en México, esa sensación de desubicarme sólo pasó un par de veces. Seguramente es un detalle insignificante y que de hecho, eventualmente decidí ignorar pero ahora que lo pienso, es probable que todo tenga un significado más allá del que creemos.

Así que llegando al departamento yo esperaba sentir un alivio de “ahhh, ¡por fin en casa!” en cambio no, de hecho puedo decir que el departamento aunque me parecía familiar, lo seguía sintiendo nuevo. Y eso que estaba mi roomie ahí.

Así que después de llegar como Santa Claus en Navidad con salsas, dulces y demás porquerías mexicanas, ese domingo se había terminado y al día siguiente tenía que ir a la mina al trabajo y recibir a mi hermana que venía de visita. No suficiente con verla 20 días en México me la tenía que chutar de nuevo en Italia. Che palle!

La semana inició y ella llegó. Aquí la prueba de cómo intentaba interactuar con mi roomie con todo y jetlag. Como dice mi mejor amiga,“muerta por dentro, pero de pie como cajera del Oxxo”.

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Estuvo entre dos y tres semanas de visita durante las cuales, mientras yo tenía que trabajar, ella se iba a dar el rol a otras ciudades y nos veíamos los fines de semana para poder viajar juntas y pasearla de vez en cuando por aquí. Fuimos al Cirque du Soleil en la Expo, a Verona, Asís y Lago Como –siempre en busca de George Clooney–. Exhibit A:

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¿Lo bueno? Descubrí que soy una excelente host e incluso aún mejor hermana. ¿Lo malo? Estuve más de un mes con ella y no pudo quedarse para mi cumpleaños ya que se fue dos días antes de él. Lo que obvia y claramente demuestra cuál es la mejor hermana. Qué bueno que ella no lee mis blogs para refutar mi teoría.

Durante la estadía de mi hermana, la familia de mi roomie también vino de visita y se fue de viaje con ellos a fare il giro per Europa. Después de sus aventuras, planeaba ir de visita a México para después regresar y quedarse a buscar trabajo en Italia o cualquier otro país de Europa, al menos hasta que el permesso di soggiorno se lo permitiera.

El tiempo pasó y finalmente me deshice de mi hermana mi hermana se regresó a México. Y a partir de que se fue y cumplí 26 años, mi vida cambió completamente.

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Como les he dicho antes estando acá, el plan que tengas puede cambiar de un segundo para otro y esta vez no fue ninguna excepción.

El plan de mi roomie cambió inesperadamente y después de sólo un par de días de haber llegado a Milán por razones personales, decidió regresar a México dejando a un lado la aventura europea.

¿Saben cuando la vida empieza a darte señales y tú simplemente las ignoras? Bueno, éste fue el principio del fin.

Con este acontecimiento, no sólo sus planes cambiaron sino que por consiguiente, también los míos ya que estábamos planeando conseguir un nuevo departamento juntas pero evidentemente en cuanto ella se fue, tuve que poner en marcha el plan Dragon Ball Z que ni siquiera existía y empecé con la búsqueda de departamentos mientras trabajaba y la hacía de ama de casa. ¿Dónde está mi mamá?

Después de varios mails, whatsapps y llamadas sin resultados por fin conseguí dos citas para ver un par de departamentos –siempre pensando en distancias cercanas al trabajo y en contratos por 6 meses porque mi futuro en el trabajo de la misma manera, era incierto–.

Cabe aclarar que para estas fechas ya era Octubre y el último día en el departamento temporal en el que me encontraba (gracias a AirBnB) era el 31 así que no sólo era buscarlo y encontrarlo, sino también mudarme en ese mes.

La segunda mudanza en menos de un mes y la tercera estando acá, por si alguien llevaba la cuenta. Siempre había querido mudarme a un departamento, creo que no lo había pensado bien.

No obstante, justo en esas fechas uno de mis mejores amigos como soldado en guerra, cayó y decidió probar suerte alrededor de Europa dejándome aquí ebria, sola y devastada. Gracias, por cierto. Esa es la cosa estando aquí. Nunca sabes qué tan efímera pueda ser una amistad por razones ajenas a ti.

Así que sin mucho tiempo para buscar más, lo que pasó fue lo siguiente: de esos dos departamentos que había encontrado, estaba el súper cool y el no tan cool, ambos con el mismo precio. El súper cool era un tipo loft, bastante grande, con una cocina gigante –siempre pensando en dimensiones italianas–, dos baños, una sala con tv y un súper en la esquina (pros de señoras).

Mientras que el no tan cool estaba en un edificio viejo en un 3er piso, sin elevador, con cocina, baño y recámara minis. ¿Adivinen en cuál me quedé? Lo único que puedo decir es que mis piernas tienen un poco más de condición, especialmente en los días que tengo que ir al súper, que por cierto, está a 10 minutos caminando.

Para mudarme fue aún más divertido –not– que la vez pasada porque ahora no sólo tenía mis cosas y las cosas del departamento que compartía con mi roomie, sino que también estaban las cosas que me regalaron –muy amablemente y aún lo agradezco porque aún las uso– tanto mi roomie como mi bff. Comida, shampoos, cremas, ropa, patines, patineta, plancha y hasta una licuadora.

Así que durante una semana más o menos, estuve yendo y viniendo después del trabajo al departamento por maletas para ir al que sería el nuevo departamento y dejarlas ahí. Y eso que tuve ayuda de otro par de amigos sino, jamás lo hubiera logrado. Gracias, por cierto.

Finalmente me mudé y conocí a la que sería mi nueva roomie con una dinámica completamente diferente a la que había vivido antes porque para empezar, no era mexicana y no íbamos a compartir nada más que la recámara.

Y es que habiendo pasado por la experiencia de vivir con no sólo una roomie, sino con una amiga con la que podía compartir comida, amigos, fiestas, risas, etc. durante un año, de pronto vivir con una ucraniana que medio habla italiano, medio habla inglés y medio habla español, donde cada quien tiene su vida, gustos y comida por separado, fue adaptarme desde cero a algo completamente nuevo e inesperado. Supongo que había “caído en blandito” antes y no me había dado cuenta hasta que empezó Noviembre.

De ahí en adelante empecé a subir de nivel en el videojuego México vs. Italia y las señales de las que les hablo, comenzaron a aparecer poco a poco. Pero esto se está poniendo intenso y largo, así que mejor les dejo un video chistoso para aligerar el mood.

 

 

Mi pausa pranzo

Pausa pranzo se le llama al break que hacen la mayoría de los negocios italianos –casi casi como paro nacional– alrededor de las 3 pm a las 6 pm donde toman la siesta o qué se yo. Que por cierto, aparentemente ellos creen que los mexicanos siempre tomamos la siesta. Ojalá.

Esto quiere decir que si quieres una pizza a esa hora en particular, simplemente está cerrado y no puedes comer y tienes que morir de hambre hasta que decidan abrir. Lo cual, estando en una ciudad como Milán, me parece un poco muy inútil y a la vez, inesperado.

Justo eso fue ir a México, hice mi pausa pranzo donde no sabía qué era lo que iba a pasar después de haberla hecho. Fue amigablemente extraño, y al decir extraño no digo malo, de hecho todo lo contrario. Fue todo lo que esperaba y más. Es más, fue tan bueno que subí como 4 kilos en 20 días por desayunar, comer y cenar diario algo diferente y obviamente, mexicano.

Tamales, pozole, cochinita pibil, chiles rellenos, tacos al pastor, de cuerito, barbacoa, pancita, you name it. Nunca repetí una sola comida y me faltaron platillos por comer. Recordé lo que era comer por comer aún sin tener hambre, totally worth it.

De hecho, el mismo día que llegué a México –cabe aclarar que llegué un domingo aproximadamente a las 10 pm– mi familia y amigos me sorprendieron con platos y platos de tacos, sopes, quesadillas, guacamole, cebollitas, salsas, cervezas, tequila, ¡uff!

Desafortunadamente, yo traía el jetlag encima después de un vuelo de 14 horas con una escala en Londres y me veía un poco digamos, destruida. Aquí la bella prueba.

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Finalmente la espera había terminado y 11 meses después, había llegado a casa. Pero, ¿cómo explicar la sensación de que todo ha cambiado pero a la vez, sigue igual?

Y es que el don que trabaja en la tiendita de la esquina sigue diciendo “20 pesotes” cuando te da el cambio, sigues recordando todos los caminos y puntos de referencia exactos para ir a Plaza Satélite, hasta dónde te estacionabas y el porqué.

Pero cuando llegas a tu casa y el baño ha sido remodelado o vendieron tu coche y durante unas cuantas semanas no tienes ninguna responsabilidad de nuevo, te das cuenta de que tú le pusiste pausa a tu mundo, pero él siguió girando sin ti. De 0 a 100 en unas cuantas horas de diferencia –como vocho–.

Al final, pude hacer todo lo que moría por hacer y más y que por cierto, estuve soñando con hacer al menos un mes antes de ir a México.

Como por ejemplo, ir al cine como una persona civilizada.
Cabe aclarar que estando acá sólo he ido al cine una vez ¿película? Mad Max, ni le entendí.
Ustedes creerán que aquí los cines son unos Cinépolis cualquiera. Pero no, igual que yo están muy equivocados. Aquí hay muchos pequeños y viejos cines que en su mayoría no pertenecen a ninguna cadena y todas las películas son dobladas al italiano sin importar género o razón social más que los Martes o Miércoles donde pasan ciertas películas a ciertos horarios en su idioma original. Por eso los italianos no saben inglés.

Esto dejando a un lado el hecho de que no venden todas las maravillosas golosinas y porquerías que tenemos en México, y de que cada entrada tiene un precio de €7 más o menos o si vas en “2×1”, a €4. Aunque claro, sí hay cadenas de cine sólo que están más lejos que Satélite.

Ver Netflix en TV, no laptop.
Cosas banales, superficiales si quieren, pero es un poco de normalidad, una estabilidad que después de casi un año no había tenido y que sin duda, extrañaba. Y es que después de todo este tiempo viviendo aquí, aún no le he podido llamar hogar porque constantemente pienso que todo es desechable, la ropa, la licuadora más barata que encontré porque sé que terminaré regalando o vendiendo por un 10% de su precio original e incluso el departamento que si se cae a pedazos no me importa porque al final del día, no es mío.

Ser una sanguijuela social.
Estar pegada a mi familia y amigos que me consentían con todo y de todo, iban por mí, iban a visitarme, me llevaban comida y me llevaban a comer. Eso es vida. ¡Más les valía después de la larga espera!

Ser parte de y dejar de ser un outsider.
Hace poco estaba platicando con unos amigos y empezamos a hablar de la sensación de ser un outsider. Básicamente es el nunca encontrarte al 100% en un país extranjero. ¿Será el idioma? ¿Será la cultura con la que no encajas? ¿O serás tú la que no encaja?

En cambio, estando allá, era estar en casa, ¡duh!. Pareciera ser que vivir en un lugar por casi 25 años sí hacen la diferencia, ¿quién diría? Suena tonto pero son cosas que cuando dices YOLO me voy al otro lado del mundo, nunca tomas en consideración.

En fin, 20 días pasaron y era momento de regresar y ver qué sucedería después. ¿Lo que pasó? Sinceramente jamás lo imaginé, como siempre digo: estando aquí, he aprendido lo bipolar que es el destino, hasta parece mujer.

 

Sabiduría del día a día

Estando apartada de todo lo que conozco en otra parte del mundo he aprendido algunas cosas. Tal vez no tan “chiquiti wow” como deberían de ser, pero a continuación una recompilación de algunas de ellas. Seguramente esta lista irá aumentando a lo largo del tiempo o estoy olvidando muchas, pero aquí están:

He aprendido a escuchar a mi cuerpo.
Mi papá me decía que en vez de tragar como Porky, aprendiera a escuchar que lo que en verdad necesita mi cuerpo, no es siempre lo que yo quiero. Porque claramente quiero todo, siempre. Aunque claro, en estos casos ayuda el hecho de no tener mucho dinero.

Que para ser fashion no importa la edad.
Ver a ruquitos con los lentes fosforescentes que quieres es un golpe al ego pero también te da una esperanza. Quiere decir que si no te puedes comprar ahorita la moto que quieres, no pasa nada. Eventualmente la comprarás, de todos modos jamás te verás ridícula en ella. O sí pero lo ignorarás como ellos lo hacen.

Que soy ansiosa.
Todo ese karma al criticar a mi mamá se me está regresando y es que ver un perfume casi vacío durante dos semanas hasta finalmente poder tirarlo, me da una satisfacción indescriptible. Claro que éste sólo es un ejemplo de millones más. Y yo que criticaba a mi mamá por su intensidad cada que sacaba la basura.

Que me gusta estar sola.
Llámenme Grinch, llámenme aburrida, introvertida, tímida, antisocial, lo que quieran. Todo es verdad. Pero sinceramente no hay nada mejor que llegar al depa después de un largo y tedioso día de trabajo y hacer lo que quieres, cuando quieres, porque quieres y lo mejor de todo, sin tener que interactuar con nadie.

Que en vez de agregar un idioma a tu conocimiento, puedes combinar todos lo que sabes para inventar uno nuevo.
Cuando pochear tiene otro significado al que conocemos y empiezas a convencerte de que lo que estás hablando sí es español, pero en realidad no lo es.

Que la edad sí hace una diferencia.
¿Ir de fiesta entre semana? ¿De qué hablas? Yo tengo que llegar a cocinar para el día siguiente, lavar trastes, bañarme, seguir trabajando, skypear, ver la serie que me recomendaron, seguir leyendo ese libro que quiero acabar desde el ’92, hacer de cenar, lavar trastes de nuevo y dormir temprano porque el día de mañana ya está llegando.

Que chachear es terapéutico.
Hace poco tuve una extensa –y no tan interesante– plática al respecto y una amiga me dijo que probablemente sea porque a pesar de que no puedes tener el control sobre muchas cosas en tu vida, sí lo puedes tener sobre simples cosas como limpiar tu cuarto, lavar la ropa, etc. Tiene sentido, pero según yo sólo es porque estoy loca.

Que para ser amable no importa la nacionalidad, pero para ser rude tampoco.
Continuamente me sorprendo por la amabilidad de la gente, el valor de una sonrisa está muy menospreciado, especialmente hoy en día en el que todos tenemos la cara metida en el celular todo el tiempo. Pero así como un “perdón” no me deja de sorprender, los empujones en la salida del metro o bus, tampoco. Hay muchas almas que merecen una medalla por su amabilidad, pero hay muchas otras que merecen un escupitajo de Dios.

Que las cosas pasan por algo.
Cliché, pero todo es una señal. Señal para quedarte, para irte, para conocer gente nueva, para recluirte. Literalmente la vida es como un semáforo. Y una tómbola.

Que a veces hay amistades más efímeras que en lo que puedes decir efí.
La gente viene y va en el momento en el que las necesitamos, desafortunadamente como nuestras aventuras son efímeras, la gente que forma parte de ella también lo es. A veces hay excepciones, o eso es al menos lo que quiero seguir creyendo.

Que las pastas no me enamoran, pero los gelatos sí.
Una de las cosas que más pensé fue que estando de este lado del mundo iba a comer verdaderos manjares. Sinceramente todo lo contrario, bajé como 6 kilos –gracias a Dios– y entre X o Y al final del día lo único que sí alabo son los gelatos.

Que así como nosotros “imitamos” a los italianos, ellos nos imitan a nosotros agregando una “S” al final de todas las palabras.
Por ejemplo, dicen: “Vuois unos pezzos di pizzas?” Ah oc.

Que la gente cambia cuando no saben quiénes son.
La gente que me conoce me dice que sigo igual, sólo que soy una versión un poco más madura de mí misma –lo cual no era muy difícil de lograr– y que tenían miedo de que me fuera porque iba a cambiar y convertirme en alguien más. Llegué a la conclusión de que eso sólo pasa cuando la gente no sabe qué hacer y deciden seguir a los demás. Qué aburrido.

Que los cambios de estación sí pasan.
En México siempre hay sol, llueve y graniza sin discriminar la estación del año. Aquí las flores –lo juro– nacen el día que empieza la primavera, de la misma manera como todos los corazones se ponen grises cuando empieza el invierno.

Que nunca es demasiado tarde para matar las curiosidades.
¿Nunca te has aventado del bungee? ¿Siempre quisiste tocar un instrumento? ¿Siempre quisiste escribir un blog? Literalmente no hay nada que te detenga más que tu propia desidia. Y a veces el dinero.

Que una SEÑORA amistad no tiene fronteras.
Es un verdadero commitment, pero es un maravilloso ejemplo de que si se quiere, se puede. Si no me creen, vean a Carmen Salinas.

Que hay personalidades con las que simplemente no compates.
No es que te encuentres a la misma persona una y otra vez –gracias a Dios–, pero hay muchas personas con personalidades similares. Y seguramente ya has podido comprobar con anterioridad que con algunas de esas personalidades simplemente no hay compatibilidad. No sé si sea el signo zodiacal o que si eres del año de dragón o del cerdo, pero es verdad. Queda en ti saber si te vuelves a tropezar con la misma piedra o mejor la esquivas, o mejor aún, se la avientas a alguien más.

Por qué los extranjeros que aún a pesar de vivir mucho tiempo en otro país, siguen necios con sus acentos.
Secondo me es el no dejar ir tu raíz, por raro que suene. No es que esté mal ni bien, pero pasa, también a mí. Y de hecho justo por esta razón amo a Sofía Vergara.

Que al aventarte a tener una aventura como ésta, los altibajos vienen incluidos en el boleto, pero el viaje vale la pena.
Es como subirte al Kilauea, estás en la fila esperando, te emocionas, te suben al juego, lloras y no quieres, te suben hasta la cima y empiezas a arrepentirte pero cuando sales del juego dices: “¡otra vez!”. Sin duda alguna, estando acá he reafirmado que no hay mejor manera de superar tus miedos que confrontándolos.

Para que vean todo lo que he madurado les dejo una bella comparación. Adivinen cuál es la foto de hace un año que llegué y cuál es la de un año después.

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To be continued

Como les iba diciendo en la entrada anterior, el día D llegó (¿alguien sabe por qué se le llama día D?) y era momento de regresar a casa. Básicamente había de dos sopas. O me daba cuenta de lo mucho que extrañaba todo y eso cambiaría mi decisión de regresar a Italia a buscar trabajo y quedarme en México. O me daban más ganas de regresarme a Italia estando allá. De cualquier manera, las dos opciones me daban pánico. Las dos opciones son extremos opuestos y decisiones que tienen consecuencias que prácticamente en resumen, odio tomar. Si algo he aprendido estando aquí, es que odio ser adulta y tener responsabilidades más allá de ver Netflix (por cierto, mañana llega Netflix a Italia y no puedo explicar mi felicidad). Así se ve ahorita.

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Pensar en cualquiera de estas dos opciones me dejaba exhausta. Eso y porque justo antes de irme de viaje tenía que intentar dejar todo listo. Ya no lo recordaba, pero ahora se los explico.

Verán, mi vuelo a México fue aproximadamente el 26 de julio mientras que el vuelo de vuelta era el 22 de agosto. Al día siguiente, es decir el 23 llegaba mi hermana de visita y viajaríamos un par de fines de semana en los que ella estaría por acá. Todo bien hasta este punto.

Sin embargo el 7 de septiembre mi hermana regresaba a México y el 9 de septiembre (sí, en mi cumpleaños) se acababa mi contrato del departamento así como mi contrato “laboral” –las comillas son porque es un internship, no un trabajo de verdad que por cierto, evidentemente durante esas semanas yo estaría trabajando como Godín que soy sólo que con tono italiano: “Godiiiiiiinnn”.

También cabe mencionar que mi roomie se iba a ir de viaje justo cuando mi hermana estaría de visita y no estaría de vuelta sino hasta principios de octubre. Por consiguiente teníamos millones de cosas que hacer.

Una vez terminado el master (pero no el chef con la hermana Flor que tanto está de moda)

Teníamos que empezar a buscar lo que sería nuestro nuevo departamento para cuando estuviéramos de vuelta a nuestra vida “normal”. ¿Quién diría que estar aquí sería normal?

El problema era que ni mi roomie ni yo teníamos nada seguro. Y es que todo puede pasar. Todos los días puede pasar algo que cambie tu percepción de hoy. Sé que esto no es algo nuevo ni sorprendente, pero es que simplemente estando lejos de mi zona de confort, es más latente esta situación y lo noto más cada día.

Por mi parte yo no podía asegurar nada (y de hecho a la fecha tampoco) después de marzo del próximo año. Digamos que hay un plan de seguir trabajando como lo he estado haciendo de aquí a 6 meses. Pero de ahí en adelante, se los dejo a los marcianos que están jugando con las canicas de los planetas en Men in Black. Si no saben de qué hablo pueden dejarme de leer en este momento, no tenemos absolutamente nada en común. Aquí la referencia.

Por otra parte, mi roomie necesitaba encontrar un trabajo y aunque había estado buscando uno, fue más difícil de lo que pensábamos. No dudo que se pueda pero sinceramente y sin profundizar en temas políticos, económicos y sociales –que ni siquiera sé bien de estos temas–, la situación mundial actual apesta. Tienes que tener una combinación de buena suerte, con timing, tal vez contactos, ser no bueno sino extraordinario en tu profesión y por supuesto dinero para poder perseguir y mantener tus sueños en lo que tus sueños deciden retribuirte.

En fin, vista nuestra situación decidimos buscar un departamento temporal. Por ende, no contratos, no embarcarnos con depósitos y demás temas de adultos aburridos y que fuera más barato de lo que habíamos estado pagando. Es decir, AirBnB. Bendita tecnología.

Fuimos a ver un par de departamentos, obviamente el tiempo se nos acababa poco a poco y terminamos escogiendo uno que sólo tenía una cama. Esto era suficiente ya que casi todo septiembre estaría yo por mi cuenta, y más adelante sólo estaríamos durante el mes de octubre ella y yo. Después lo platicamos y era bastante probable quedarnos en ese mismo departamento un par de meses más (departamento desde donde les escribo este 19 de octubre a las 11:17 PM con una temperatura de 10 grados centígrados).

Una cosa menos y quedaba un pendiente por hacer. Terminar un contrato de Internet italiano, chan chan chaaaaan.

¿Saben qué es lo irónico de este asunto? Cuando cancelamos el contrato tuvimos que pagar y devolver por nuestra cuenta el módem. Módem que para regresarlo tenías que ir a la Posta Italiana – lo que vendría siendo Correos de México– para llenar un formato con tus datos. Para que después tuvieras que hablar por teléfono pidiendo un número de cancelación. Para que después te enviaran un mail con un nuevo formato que tenías que llevar nuevamente a la Posta con el módem. ¿No es irónico que todo su negocio está basado en la tecnología que aparentemente no tienen cuando se trata de un asunto como éste?

En fin, dejamos lo más posible en orden y de pronto era 26 de julio. Viajé de aquí a Londres, donde según yo casi pierdo el vuelo a México. Todo por no tener en cuenta que allá era una hora menos. En realidad nunca debí de haber tenido prisa pero como buena mexicana que soy, estuve constantemente haciéndole preguntas molestas a la aeromoza durante los últimos 20 minutos. Preguntas como: “disculpe, tengo un vuelo justo ahorita, ¿no hay manera de que detengan todos los vuelos para que no pierda el mío?”

Después de esto, llegué al inmenso aeropuerto de Heathrow que te toma una hora atravesarlo –no miento– y en cuanto empecé a ver mexicanos, sabía que estaba yendo hacia la dirección correcta. Estaba en casa.

Aproximadamente tres comidas de avión, un par de vinos, unas tres películas, diez horas de vuelo y el semáforo rojo de la aduana, finalmente llegué.

¿Pero saben qué? Otra vez ya llevo 1019 palabras. Creo que me van a tomar muchas más de lo esperado. Y eso que esto es un resumen. 1039.

I’ll be back

Cuatro meses habían pasado sin que yo escribiera en este blog porque OBVIAMENTE me han estado leyendo en ExpoInCittà, ¿cierto? Adelante con el self promotion:

http://blog.expoincitta.com/tag.aspx?tag=5818

Debo decir que han habido un par de personas que me han señalado mi ausencia en este medio y no puedo explicar el gusto que me dio saber esto. Saber que alguien además de mi mamá lo lee, me motiva a seguir plasmando mis pensamientos estúpidos del día a día en otro lugar aparte de en los mensajes del whatsapp, como bien dice esa bella canción de Cartel de Santa. Se las dejo:

Después de este deleite musical, he de decirles que en estos cuatro meses, mi vida ha dado no sólo una, sino mil y un vueltas. A continuación el resumen.

Si no mal recuerdan, en la última entrada había escrito que faltaban 34 días para que fuera de visita a México y terminara la –súper entre comillas– “tesis” y me graduara. Bueno, eso no dio tantas vueltas porque al final sí pasó.

Así que el día llegó sin más ni más y finalmente, después de un año y medio de planeación y proceso, me gradué. Si creen que fue una celebración extraordinaria, no lo fue. Ni un pan –o aprovechando que estamos en Italia– ni un spaghetti gratis me dieron, pero en fin. Aquí está la prueba de que me bañé ese día.

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Este día fue uno algo difícil de explicar. Porque fue tan común pero a la vez sé que cuando lo cuente –o escriba– sonará todo menos común.

Para comenzar, tengo que decirles que el examen fue un día, y la graduación fue otro día completamente aparte.

El día de la presentación no fue más que explicar nuestros proyectos mediante un Power Point que no hice porque la organización de ese día en general fue mínima.

En resumen, básicamente durante 20 minutos hablabas y tratabas de contestar preguntas de los profesores que te juzgaban como Regina George en Mean Girls.

Al final de todo te decían su apreciación del proyecto, qué tan preciso habías sido y te daban las gracias por haber ido.

En cambio, el día de la graduación nos llamaron uno por uno y frente a casi todos los profesores que conociste durante el año te decían qué estuvo bien y qué estuvo aún mejor de tu proyecto ­–eso de las críticas duras no se les da– así que ese día fue un ego-boost para cada uno de nosotros.

En fin, después del speech de los profesores, pensamos que habría un aperitivo, un vino o algo para celebrar juntos por última vez. Pero no, pensamos mal.

La celebración se terminó un par de horas después y literalmente fue: aquí se rompió una taza y cada quien para su casa.

Mi roomie, una tailandesa, la niña de Egipto, la niña de Georgia y yo nos quedamos con la cara de what (como en ese bonito comercial de Harmon Hall, ¿o era Interlingua?) Así que decidimos reunirnos y hacer algo todos juntos.

De esta manera como en cualquier chiste de Polo-Polo, estábamos dos mexicanas, un italiano/argentino (novio de mi roomie), una egipcia, una tailandesa, una georgiana –o no sé cuál sea el término exacto en estos casos– y yo teniendo un aperitivo en la terraza de Aperol junto al Duomo aproximadamente a medio día. Fancy, ¿no? La vista es más o menos algo así.

Después de nuestro aperitivo que por cierto, sólo consistió en un trago y unas papas fritas por el bajísimo costo de €8, la tailandesa decidió abandonarnos.

Una menos y sin saber qué hacer, empezamos a caminar en los alrededores. Cabe recordar que esta fecha fue a principios de julio y hacía un calor infernal. Así que eventualmente desistimos y decidimos ir a comer un pedazo de pizza y un gelato–porque italianos– para después ir al Parque Sempione, echarnos y tomar una cerveza.

Así fue y cuando llegamos al Parque Sempione descubrimos que nuestro plan era algo limitado ya que no había nada qué hacer ahí y sólo teníamos una cerveza en la mano cada uno menos la niña de Egipto por cuestiones religiosas (no sé cómo lo logra).

¿Saben qué terminamos haciendo? Jugamos mímica a mitad del parque a 30 grados centígrados o más sin estar bajo la influencia del alcohol durante hora y media hasta que atardeció y era hora de despedirnos.

¿Ven? No tiene nada de extraordinario, sin embargo lo fue. Es una experiencia difícil de explicar pero que sin duda, nunca se me olvidará y ahora, espero que a ustedes tampoco.

Después de esto mi roomie, su novio y yo fuimos a nuestro depa y en la sera (la sera es el lapso de tiempo a partir de las 6 pm más o menos hasta aproximadamente las 9 pm cuando se convierte en la notte –estos italianos se complican mucho la vida–) llegó nuestro amigo mexicano –porque los mexicanos somos como pequeñas ratas escondidas en las alcantarillas de todo el mundo– y celebramos como sólo nosotros sabemos y podemos hacerlo. Creo que ese día fue uno en los que bailamos salsa y cosas así para dejar bien clara nuestra nacionalidad y que nadie se lo pregunte.

Después de este maravilloso día, el verdadero día D se aproximaba peligrosamente (¿alguien sabe por qué se le llama día D?). El momento de regresar a casa casi llegaba pero verán, mi intención de escribir hoy al final no tuvo nada que ver con las 900 palabras que llevo escritas. Tengo tanto que contarles que para llegar a donde quiero llegar, creo que faltan por lo menos otras 900. Los dejo descansar por hoy. Total, los dejé descansar durante cuatro meses, ¿qué es un día más?